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17/4/09

El fantasma del PSOE catalán

por José García Domínguez en LD, 2004.

No hace demasiado tiempo, Jordi Pujol, el hombre que en 1958 dejara escrito para la posteridad que “el inmigrante constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España”, se quedó perplejo al ver a uno de los chóferes de su parque móvil presidiendo un acto oficial.

Sucedió en Nou Barris, el gran distrito obrero de Barcelona, un rincón de la ciudad repleto de enormes bloques de edificios que emergieron en los años sesenta para albergar a los trabajadores que habrían de construir la Cataluña que él ha presidido durante 23 años. El conductor, un inmigrante que más tarde transportaría a Manuel Royes, antiguo presidente de la Diputación y actual delegado del tripartito en Madrid, hubo de aclararle a un sorprendido Pujol que, fuera de las horas de del trabajo, era el secretario del PSC en esa zona, uno de los mayores viveros de votos para los socialistas en toda Cataluña. Así, de primera mano, pudo saber Pujol dónde están los imaginarios jefes de ese imaginario PSOE catalán que se contrapondría al nada imaginario sector nacionalista del PSC.

El mítico PSOE catalán es, junto con los verdaderos apellidos del hombre fuerte del Gobierno de la Generalidad, uno de los mayores misterios de Cataluña; mucha gente especula, hace conjeturas sobre él, fantasea, pero, en realidad, nadie lo conoce. Sin embargo, la explicación del primero de los enigmas no es nada difícil: el PSOE catalán, simplemente, no existe. Y eso es así por una razón más simple todavía: porque no ha existido nunca. Puede que Zapatero haya necesitado un cuarto de siglo para enterarse, pero lo cierto es que su partido, en Cataluña, nunca ha sido más que una leyenda urbana, una organización política cuya presencia real siempre ha sido tan nebulosa como la del ectoplasma de esa chica pálida que, dicen, hace auto-stop en una carretera solitaria y luego desaparece al pasar por la curva en la que sufriera un accidente mortal.

Durante la dictadura, en Cataluña en ningún momento se dio algo parecido a la continuidad de una tradición de socialismo obrerista y españolista como la que se mantuvo en el País Vasco. El partido de Maragall y Montilla, el Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC-PSOE) surgió en la transición, a toda prisa, como fruto de la unificación del PSC —poco más que un grupito de nietos de dirigentes de la Lliga de Cambó que venían de la Universidad— con unos cuantos obreros fabriles castellanohablantes que, a su vez, acababan de crear la Federación Catalana del PSOE. Tan de la nada llegaban todos que en los primeros mítines, unos y otros, tenían que sacar una chuleta para cantar la Internacional, porque nadie allí sabía la letra.

De aquel PSOE barcelonés que tras la muerte de Franco vendió sus siglas recién estrenadas a cambio de una foto dedicada de Felipe González ya no queda nadie en la vida política catalana. Nadie quiere decir nadie. Todos los dirigentes que procedían del partido nacional fueron apartados inmediatamente de los cargos de dirección en la nueva organización catalana. Para ser precisos, queda uno: ese alcalde de la periferia de Barcelona al que llamó Bono para sondear su lealtad a Ferraz en caso de ruptura; el mismo al que le faltó tiempo para denunciar al manchego ante Montilla y decirle que “esos tíos se han vuelto locos”. Queda ése. [El autor se refiere a Celestino Corbacho. NdE.] A todos los demás hace muchos años que los desaparecieron del PSC.

Cuando llegaron las primeras elecciones generales y municipales, aquella moto federada fraternalmente a un cartel con la cara de González tuvo que convertirse en un partido de verdad. Los Serra, Maragall, Obiols y Reventós, los chicos de las buenas familias de toda la vida que tenían las mañanas libres para poder dedicarse a la política, hubieron de buscar capitanes, sargentos y cabos chusqueros por todas partes para que les administrasen el enorme poder local que aquella foto había sido capaz de regalarles. Fue en ese momento cuando desembarcó en el PSC el aluvión de Montillas que tantos despistados de Madrid han querido identificar con un fantasmal PSOE catalán que viviría oculto en las catacumbas de la ciudad de los prodigios. Pero, como casi siempre que piensan en Cataluña, se equivocan. Esa tropa más o menos mercenaria, según los casos, fue reclutada en el único lugar en el que se podía encontrar: entre los restos del PSUC y los saldos de la extrema izquierda que habían quedado libres en el mercado político tras el derrumbe de sus organizaciones. De ahí vienen todos los Montillas del PSC, incluido el original, que fue dirigente del Partido del Trabajo, un grupo maoísta que en Cataluña se aliaría con Esquerra Republicana para después disolverse.

Ése es el origen del gran cuadro de secundarios del partido. En esa escuela, la de Llamazares y Madrazo, interiorizó su concepción de la cuestión nacional el ejército de figurantes cuya pequeña cuota de poder sólo empieza a hacerse visible cuando el viajero traspasa las últimas estaciones de las líneas del metro de Barcelona. Por eso, sería más fácil escuchar a Maragall hablando de Pablo Iglesias que encontrar alguna huella de Indalecio Prieto o Julián Besteiro entre todos los alcaldes del cinturón teóricamente rojigualda de Barcelona. Por eso, quien crea que pueden tener en la cabeza una sola idea enfrentada a la No-España que sueñan los nacionalistas, es porque ha tenido la suerte de no haber pasado nunca en su vida por aquellos seminarios sobre la “autodeterminación de los pueblos oprimidos” que siempre se organizaban en alguna comuna de un quinto tercera sin ascensor. Acaba de decir Joaquim Nadal, el portavoz de la Generalidad, que “el PSOE sabe mejor ahora qué quiere y quién manda en el PSC”. Lo peor es que también sabe ya lo que piensan los que no mandarán nunca en la finca de los Nadal.

4/10/08

La necesaria muerte de una generación

Alguien dijo que cuando se hunde una ideología, se hunde la generación que la ha llevado a cuestas. El marxismo se hundió pero sus acarreadores copan hoy los puestos dirigentes del Estado. Son los del 68, los que se dieron cuenta que el negocio estaba en apuntarse al PSOE tras haber hecho méritos antifranquistas.

La sanidad pública de la Generalidad catalana está en quiebra técnica. Su gerente, un tal Francesc José María Sánchez, ha sido destituido tras convertirse, dicen, en el más odiado rector de su historia reciente. Deja, por ejemplo, una sentencia judicial que obliga a pagar al para-Estado catalán entre 70 y 100 millones de euros a médicos jubilados indebidamente. Calixto Corral, otrora "empresario del año" y modelo del éxito por el ascenso social, está huído, en paradero desconocido tras dejar a su empresa, Fincas Corral, arruinada e inmersa en un sainete entre laboral y judicial. ¿Qué tienen en común estos dos sujetos? Ambos son ex camaradas de un marginal partido marxista-leninista-maoísta de la Transición, el PTE, y ambos medraron al calor del aparato socialista desde que el PTE se fundiera en el PSOE.

El primero como político profesional, el segundo como empresario. El primero como un abogado de patronos que destacó por su dureza en contenciosos contra trabajadores y hasta vincularse estrechamente en la actualidad con el cacique socialista de Reus, Josep Abelló, presidente del Consorci Hospitalari de Catalunya y ex diputat. El segundo hasta lograr una estrecha relación-amistad con Celestino Corbacho, cacique socialista de Hospitalet de Llobregat, prohombre del socialismo catalán y actual ministro. Dicen que se enemistaron hace no mucho por intereses urbanísticos (que si recalifícame esto o aquello...). Y es que Corbacho nunca ha sabido distinguir muy bien estre lo privado y lo público. Ejemplos: un agradecido constructor que, curiosamente, había sido bendecido por diversas licitaciones municipales le regaló a él y a un centenar de cargos del ayuntamiento hospitalense unos décimos de lotería que, casualmente, acabaron siendo premiados con 14 kilos. Fue imputado por la Justicia para nada, obviamente. Y le han salpicado otros escándalos como los de Iniciatives i Programes SL, Sidecar, La Farga SA... también, para nada, naturalmente.

Estos son ejemplos descollantes de aquel asalto al poder que emprendieran tantos y tantos camaradas desde que se dieron cuenta en la Transición que los votos para poder pillar cacho los tenía el PSOE. Pero otros muchos se empotraron en escalafones intermedios menos públicos pero también lucrativos. A Corral le acompañó durante 20 años en sus andanzas empresariales un tal Bartolomé Muñoz, actual tesorero de Pa, Treball y Llibertat, una asociación catalana de antiguos militantes y simpatizantes del Partido del Trabajo y la Joven Guardia Roja presidida por... Francesc José María Sánchez. En su acta de constitución decidieron que el primero de sus fines era "solicitar una subvención para proyectos dirigidos a la recuperación de la memoria democrática" al para-Estado catalán.

Esta asociación es prima hermana de la "asociación por la memoria histórica del Partido del Trabajo de España y de la Joven Guardia Roja de España" que forman antiguos militantes y simpatizantes. Constituida en marzo de 2006 cuando su fino olfato para el vicio de trincar les advirtió que el proyecto de la memoria histórica zapateril iba a ser un buen negocio... ¡a por la pasta! Las subvenciones públicas del Estado para 2008 han sido de 30.000 euros para financiar sus actividades, dicen que para recopilar la memoria de la izquierda antifranquista.

La salvación de España pasa por la muerte de esta generación.